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Fuente: JC Magazine

Recuerdo de un CADE Universitario (o la tecnocracia apolítica por dentro)

Publicado: 2016-06-28

El CADE-U al que asistí en 2013 tuvo como leitmotiv de los discursos de economistas, periodistas, abogados y administradores la responsabilidad que recaía en nosotros (los “mejores” estudiantes de nuestras universidades) de que continúe el crecimiento económico y el progreso del país, tan evidente desde 1990. 

En primer lugar, la afirmación de que se trataba de “los mejores” era engañosa pues no se trató exclusivamente de una selección por criterios académicos. Por otro lado, la admiración, contundente y sin matices, del progreso del país, parecía ser la frívola consideración de un grupo al que las cosas le van bien. Al punto que la situación de optimismo llegó a su cenit cuando un entusiasta ingeniero peruano que vive en Silicon Valley preconizó la necesidad de flexibilizar las condiciones laborales y de inversión en nuestro país para llegar a la maravillosa situación en la que California se encuentra. La Gran Recesión del 2008 (y la pobreza subsecuente) no parecía decirles nada acerca de los problemas de nuestro modelo.  

El optimismo del entorno, sin embargo, era inversamente proporcional al mío. La ocasión de un congreso que ese año reunía a 500 universitarios de todo el país debería ser aprovechada al máximo para el pensamiento crítico constructivo de nuestro contexto por parte de los estudiantes, no para el aplauso y la difusión doctrinaria de un conjunto de ideas que, para conocerlas, basta leer la editorial de El Comercio (como muestra: Canon sí, minería no, El modelo a las urnas o Las moneditas del oro). En este sentido, la crítica que a continuación desarrollo no va dirigida hacia los contenidos unilaterales de la conferencia, sino hacia el modo de participación que nosotros, los estudiantes, tuvimos y estamos dispuestos a tener. 

¿Qué clase de ciudadanía queremos forjar, cuando los principales argumentos capaces de convencernos se basan en videos emotivos (auspiciados por Movistar, empresa ejemplar en la des-institucionalización de sociedades en aras del beneficio económico, como podemos constatr en el informe respecto a la privatización de la Compañía Peruana de Teléfonos, encabezado por Javier Diez Canseco), y el impacto que ciertas ideas tienen meramente por su difusión en las redes sociales?  

La mayor conclusión de la restringida participación de los estudiantes para la solución del problema de institucionalidad en el Perú, pasaba por hacer una campaña de valores que consistiera en tomar fotos a aquellos que hicieran una buena acción y subirlas al Facebook. ¿En qué consiste una “buena acción”? Esa pregunta es demasiado incómoda; abandonada, tal vez, al ámbito de las ciencias humanas y sociales, y aquellas disciplinas que carecen de utilidad práctica evidente.

¿Qué caracteriza a la ciudadanía democrática? Pensar la democracia misma. Sin pensar no hay ciudadanía. El gobierno de las formas e imágenes, las tecnologías de los 140 caracteres, los videos motivacionales y los clichés son el espacio fértil para la manipulación y el statu quo (cualquiera que éste sea). El gobierno del marketing es el gobierno de la forma pura, y el atentado más peligroso contra la democracia. Pensar nos lleva a consensos autónomos, la manipulación emotivista de la forma, en cambio ¿hacia qué nos dirige?

En el CADE-U, los universitarios fuimos relegados a una actitud receptiva e irreflexiva, más cercana al auditorio de una charla motivacional que al de un grupo propositivo y pensante. No creo que esta situación haya sido fortuita: es sintomático que un congreso sobre institucionalidad (pues era ese el tema del Cahaya tenido estos límites, y su acontecimiento ha sido muestra de aquella des-politización a la que, a nivel macro, nos dirigimos, en aparente beneficio de un proceder “objetivo”, “técnico”, “eficiente”. Pienso en un fragmento -demasiado profético como para no citar- de la Introducción a la Metafísica de Martin Heidegger (texto de un seminario dictado en 1935):

Cuando se haya conquistado técnicamente y explotado económicamente hasta el último rincón del planeta, cuando cualquier acontecimiento en cualquier lugar se haya vuelto accesible con la rapidez que se desee, cuando se pueda ‘asistir’ simultáneamente a un atentado contra un rey de Francia y a un concierto sinfónico en Tokio, cuando el tiempo ya sólo equivalga a velocidad, instantaneidad y simultaneidad y el tiempo en tanto historia haya desaparecido de cualquier Dasein de todos los pueblos, cuando al boxeador se le tenga por el gran hombre de un pueblo, cuando las cifras de millones en asambleas populares se tengan por un triunfo…entonces, sí, todavía entonces, como un fantasma que se proyecta más allá de todas estas quimeras, se extenderá la pregunta: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y luego qué?(1)

¿En qué consiste la democracia sino en la posibilidad misma de pensar sus límites, replantear sus fronteras, considerar sus falencias, descubrir sus posibilidades de cambio y renovación? Ahora la tarea no parece ser tan solo pensar, sino detener la arremetida de la banalidad. ¿En aras de qué? De tomar el control y decidir un para qué. Aquel para qué constituye la pregunta esencial que la democracia pone en manos de la ciudadanía. Ceder la respuesta es ceder la democracia. El antónimo de la democracia reflexiva aquí planteada es la tecnocracia apolítica.  

Hay una pregunta que no intentaron responder los economistas ni ingenieros en el CADE-U: ¿hacia dónde nos dirige el crecimiento económico? La respuesta, en democracia reflexiva, debe ser fruto del debate público. Es una pregunta política, no técnica. Una vez respondida, el debate no se agota, pero será posible forjar instituciones que surjan de esta pregunta política esencial y que, por tanto, constituyan la identidad misma del ciudadano en tanto ser político. El respeto, entonces, será una consecuencia lógica. Este es un proceso de largos años, cuyo inicio es la democratización (reflexiva, real) de los ámbitos en los que los interesados tengamos injerencia.

(1) Heidegger, M. (2003) Introducción a la metafísica (trad. Ackermann, A.). Barcelona: Gedisa.


Escrito por

Rodrigo Yllaric

La Libertad, 1990. Humano polícromo. Doctorando en filosofía de la UAH (Chile) y la UniKöln (Alemania). Editor de filosofia-afilada.org


Publicado en

Color Humano

y en este todo-nada de espejos / ser de madera / y sentir en lo negro / hachazos de tiempo