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(WikiMedia COmmons)

El “despertar” chileno y sus estudiantes

¿Qué está pasando en Chile y por qué lxs estudiantes son protagonistas?

Publicado: 2019-11-10

Cerca de 75 mil personas se reunieron el 8 de noviembre en la Plaza Italia de Santiago de Chile por la jornada número 22 de movilización y protesta. A pesar del retroceso histórico de la derecha y las nuevas promesas del presidente Piñera (que van desde la suspensión inicial del aumento del pasaje del metro hasta un reciente proyecto de modificación de la constitución, pasando por el aumento de las pensiones), nada parece apagar la indignación de la ciudadanía chilena. La reciente movilización sólo es opacada por “La marcha más grande de Chile” (25 de octubre), que congregó a 1,2 millones de personas, casi una quinta parte de la población de la Región Metropolitana.

Una de las noticias que llama la atención entre el revuelo mediático y la incertidumbre de los analistas políticos, gira en torno al rol del rector de la Universidad Diego Portales (UDP). Carlos Peña, intelectual reputado en Chile y rector de una universidad privada, pequeña, aunque destacada en los rankings latinoamericanos, acusó, en El Mercurio del 20 de octubre, a las y los jóvenes que lideran las protestas de ser adolescentes engreídos “carentes de orientación ideológica” y actuar de manera impulsiva. 

Profesores de dicha universidad han manifestado recientemente su rechazo al menosprecio del rector hacia las y los jóvenes, a quienes Peña habría dejado de reconocer como “agentes políticos racionales”. Pero, más allá de eso, manifiestan su preocupación por el impacto en la convivencia universitaria. Sin afán de censura, aseguran, piden al rector “prudencia” en sus declaraciones para que no dificulte el gobierno de la UDP.

Peña se ha defendido, aseverando que la que dirige es una universidad no confesional, que garantiza la independencia crítica de todos sus miembros. Más aún, acusa a quienes le reclaman de dejarse llevar por la opinión de una mayoría e invoca al filósofo Immanuel Kant para defender su (para él, amenazada) libertad de opinión:

"escribir, razonar y opinar en la esfera pública está en la índole misma de la vida intelectual universitaria. (…) Este es un rasgo que una vieja tradición, que forma parte del origen mismo de la universidad moderna, llama ‘razón pública’. Y en lo que a mí respecta continuaré ejercitándola.”

Visto desde diferentes ángulos, este debate alcanza un carácter ilustrativo. Sorprende, por un lado, que, en un contexto de crisis política, en Chile se dé lugar a una discusión en apariencia irrelevante y abstracta acerca del alcance de la razón pública. Por otro, el hecho de que este debate involucre a una comunidad universitaria, en una coyuntura donde se supone que solo la calle, el presidente, sus ministros, el ejército y la policía son los protagonistas. Finalmente, porque las ideas de Peña, pertinentes o no, reflejan una línea de pensamiento que encontramos en otros líderes de opinión de la región, como Mario Vargas Llosa.

No hay duda de que una censura de opinión a cualquier miembro de una comunidad universitaria sería premoderna. Sin embargo, el caso no es tan transparente como Carlos Peña ha intentado plantear en su carta. En primer lugar, Peña se expresa en una columna periodística, no en un artículo o libro académico. En ese sentido, sus declaraciones tienen un carácter político y no puramente científico. Puesto de otra forma, la columna de opinión es performativa, un llamado a la acción en cierta dirección y no sólo una interpretación sometida a la discusión de expertos.  

Ahora bien, aquellas opiniones pueden ser a título personal (del intelectual Carlos Peña) y no institucional (del rector Carlos Peña). Sin embargo, el gobierno de la universidad es también un rol político, del cual es responsable el intelectual Carlos Peña. Lo que estudiantes y profesores han puesto en cuestión por medio de sus reclamos es la aptitud de dicha persona para el cargo de rector. No es censura, sino más bien cordura, cuestionar la aptitud para el cargo de rector de alguien que considera a los estudiantes universitarios agentes irracionales y que pide públicamente al ejecutivo reprimir la protesta.

El movimiento social chileno avanza removiéndolo todo. No sólo las distintas fichas del entramado institucional, sino el tablero mismo donde se juega la partida. En este “despertar” latinoamericano con origen en Chile, las y los estudiantes menospreciados por Peña y Vargas Llosa tienen un rol protagónico al que vale la pena prestar atención.

Dos liberales conversan

Peña es un intelectual de centroderecha que ha sabido ganarse un lugar en Chile por su actualidad y productividad, así como por la combinación de un repertorio intelectual destacable con un lenguaje accesible al gran público. Además de dirigir la UDP y escribir una columna semanal en El Mercurio, Peña ha escrito best-sellers de divulgación científica y teoría social como El tiempo de la memoria (Taurus, 2019), Por qué importa la filosofía (Taurus, 2018) o Lo que el dinero sí puede comprar (Taurus, 2017). Parte de su obra se orienta a la interpretación del “proceso de modernización” de la sociedad chilena postdictadura.

Sin embargo, sus ideas en lo que respecta al levantamiento chileno reciente han mostrado lo endeble de esta interpretación, además de traerle problemas con la comunidad universitaria. En línea con las decisiones del gobierno, Peña le atribuyó un carácter impulsivo (y, por tanto, pasajero) a las protestas, y pretendió restringirlas a un grupo etario (los jóvenes de la clase media, quienes “hasta anteayer eran pobres”).

Ahora bien, resalta particularmente su resistencia a considerar las evasiones y movilizaciones un caso de desobediencia civil. Para Peña, al no haber consignas sociales claras que manifiesten las objeciones morales de las y los manifestantes, no se puede hablar de desobediencia civil. Al actuar de sus compatriotas, Peña opone el caso emblemático del filósofo inglés Bertrand Russell, quien pasó dos temporadas en la cárcel como objetor de conciencia durante la Primera Guerra Mundial y la Guerra Fría (Russell no se opuso a la guerra contra el fascismo). 

El europeo al que Peña se refiere fue, además de un filósofo notable, hijo del vizconde de Amberley y nieto de lord John Russell, conde de Russell y dos veces primer ministro. ¿Por qué cree Peña que es pertinente una comparación entre el intelectual privilegiado que se opone pasivamente a la legalidad imperialista de su país y las ancianas chilenas que reclaman porque el sistema privado de pensiones al que contribuyeron toda su vida les entrega, tras la jubilación, menos de lo que es necesario para sobrevivir? Hasta donde es sabido, tras sus estudios de matemática y filosofía en Cambridge, Russell no egresó arrastrando una deuda como las y los estudiantes de Pedagogía en la UDP (arancel anual de $ 3.351.000 CLP, $ 4465 USD).

Frente a Russell, el ilustre objetor de conciencia, los jóvenes que no se pueden dar el lujo de pasar 6 meses en la cárcel sin cambiar nada, son vándalos, “pandillas desordenadas, con actitudes carnavalescas, orgiásticas, huyendo de la policía”. Más aún, Peña valoraba entonces positivamente las medidas represivas del gobierno, pues lo que debe hacerse, según él, es recuperar la autoridad mediante la coacción. Sin embargo, esta coacción significó, hasta el 27 de octubre, 840 investigaciones penales por violencia institucional (de carabineros y militares, que incluyen detenciones arbitrarias, tortura, homicidios y abusos de diferente índole), según cifras oficiales de la Fiscalía de Chile. Los rostros de quienes han perdido uno o dos ojos por disparos de carabineros durante estas protestas será un recordatorio trágico para un país que aún no ha podido quitar la mugre de la dictadura de todas sus instituciones.

Mario Vargas Llosa parece haber asumido una postura cercana a la de Peña. A inicios de este mes, el escritor peruano dedicó su columna a las protestas en Chile. Al igual que Peña, Vargas Llosa destaca más por su corrección estilística e ilustración occidental que por sus ideas repetidas, aunque sorprende su uso del simplismo trillado de Chilezuela (“La obligación en esta crisis del gobierno chileno no es, pues, dar marcha atrás, como piden algunos enloquecidos que quisieran que Chile retrocediera hasta volverse una segunda Venezuela”), más adecuado para alguien como Cecilia Valenzuela. En general, las ideas del peruano son semejantes a las del intelectual chileno: el crecimiento del país del sur y la expansión de su clase media han generado expectativas (según Vargas Llosa, o temores a “la vejez y la enfermedad”, según Peña) que deben solucionarse con un perfeccionamiento del modelo:

“Una sociedad admite las diferencias económicas, los distintos niveles de vida, sólo cuando todos tienen la sensación de que el sistema, por lo abierto que es precisamente, permite en cada generación que haya progresos individuales y familiares notables, es decir, que el éxito –o el fracaso– estén en el destino de todos. Y que ello se deba al esfuerzo y la contribución hecha al conjunto de la sociedad, no al privilegio de una pequeña minoría.”

De esta manera, para Vargas Llosa, la tarea chilena es completar y enriquecer sus políticas económicas actuales. No menciona que la “apertura” actual de la sociedad chilena es una desregulación comercial que ha provocado colusiones en la prestación de servicios médicos (2008) y la venta de medicamentos (2012 y 2018), en el transporte público (2014, 2015 y 2018), y hasta en la venta de pollos (2015 y 2019), pañales (2016) y papel higiénico (2017). En otras palabras, laissez-faire para el gran capital, opresión para la ciudadanía.

Por lo mismo, en Chile es claro que el cambio debe ser constitucional. Según un estudio de CADEM del 4 de noviembre, el 87% de encuestados está de acuerdo con que Chile necesita una nueva Constitución, y 72% está de acuerdo con que continúen las movilizaciones y marchas. El Consejo de Rectores de las Universidades Chilenas también ha pedido una reforma constitucional, a la que Peña se opone por considerarla una solución falaz, “fetichista” y simplista:  

“Presentar la cuestión constitucional como la clave del malestar es un simplismo, una utopía halagadora, apenas el sucedáneo de utopías mejores que en estos tiempos ideológicamente flojos brillan por su ausencia”

El argumento de Peña es que la desorientación ideológica juvenil generalizada impulsa, falazmente, una asamblea constituyente como utopía. Vargas Llosa coincide en su desprecio a la juventud que lidera las marchas. El peruano concluye su ensayo con un párrafo que más parece llevado por la ira o el desconcierto ante lo que no comprende:

“[Fueron] los niñitos bien quienes quemaron veintinueve estaciones del metro de Santiago y pusieran pintas a favor del socialismo del siglo XXI. (Lo paradójico es que estos niñatos ni siquiera se pagan el pasaje de metro: su carnet escolar los excluye de ese trámite).”

La imprecisión de Vargas Llosa termina por poner en duda la opinión general del premio Nobel peruano. La Tarjeta Nacional del Estudiante (TNE) en Chile, al igual que en Perú, no excluye a los estudiantes del pago de transporte público, sólo da acceso a una tarifa reducida (un poco más de una cuarta parte del precio de la tarifa normal en hora punta). Justamente, la gratuidad del pasaje escolar ha sido una de las demandas constantes desde las protestas estudiantiles de la “Revolución pingüina” en 2006.

De la "Revolución pingüina" a la nueva constitución

(uchile.cl)


Tanto las protestas de escolares en 2006, como las de universitarios en 2011 tuvieron como eje la desigualdad provocada por la privatización de la educación durante la dictadura de Pinochet. En 2006 la demanda del vocero estudiantil César Valenzuela era clara: “queremos que la educación retorne al Estado, directamente al Estado.” Por su parte, en 2011 (durante el primer gobierno de Piñera), se demandó una educación pública y gratuita, así como la prohibición del lucro en la educación privada.

La gratuidad de la educación universitaria fue una promesa de campaña antes del segundo gobierno de Bachelet. Esta avanzó hasta cumplirse sólo parcialmente (para las familias más pobres) recién al faltar un año para el fin de su mandato (2016). Las dificultades presupuestarias que demandaron reformas tributarias no fueron las únicas que el gobierno de Bachelet tuvo que superar. La reforma universitaria se enfrentó a un sistema fuertemente mercantilizado. En dicho contexto, la fórmula para que el Estado pudiera intervenir con subvenciones (a universidades públicas y privadas) que garanticen la exoneración de pagos a estudiantes requirió sendas negociaciones y la buena voluntad de las corporaciones privadas.

Como ha sucedido desde 2006 en Chile, las y los estudiantes son mucho más conscientes que otros gremios y generaciones de las contradicciones del modelo chileno. No se trata, como cree Peña, de proclamar “a los jóvenes como el depósito de ideales puros”, sino de saber ver que dichos jóvenes viven en carne propia la contradicción de un sistema que no asegura igualdad en la educación escolar y que endeuda desmesuradamente a quienes logran ingresar a una buena universidad a pesar de las condiciones en contra. El mismo sistema que no garantiza una jubilación suficiente (como cada vez se hace más claro con los primeros jubilados del sistema privado de pensiones) o una salud pública pagable.

En pocas palabras, las y los estudiantes saben que, si a su deuda universitaria se suma una deuda hospitalaria por, digamos, un cáncer que no retrocede, nada podrá salvarlos de la pobreza. Es así como las y los nacidos en democracia son testigos de un modelo que penaliza a los más pobres con servicios privatizados por medio de los cuales otros se enriquecen, y cuya reforma se entrampa (desde que lo empezaron a intentar en 2006) en las cadenas de una Constitución sin legitimidad. Por ello, la condonación de la deuda universitaria está entre las prioridades de manifestantes y políticos.

La evasión y sus castigos 

Finalmente el gatillador de las protestas no parece haber sido el incremento de la tarifa del metro ni las evasiones de las y los escolares, sino la respuesta irracional del gobierno. Precisamente el que hayan sido evasiones violentamente reprimidas por carabineros y censuradas por la prensa tiene un poder simbólico en Chile, lo que podría ser la gota que derramó el vaso. Como es sabido, Piñera ha estado envuelto en varios escándalos de evasión tributaria. Sin embargo, como ha observado el sociólogo Jorge Atria, la diferencia del trato de la evasión tributaria y la evasión en el transporte público refleja desigualdades económicas y políticas, así como “un trato asimétrico en visibilidad y criminalización”: 

“Las sanciones (...) se piensan de manera sorprendentemente distinta. Mientras en los últimos años la evasión del transporte ha llevado a la instalación de validadores de tarjetas en paraderos, fiscalizadores anti-evasión con chaquetas rojas, torniquetes en los buses, agresiva presencia policial en las estaciones de Metro y hasta un registro nacional de evasores que ya cuenta más de 5 mil ciudadanos, la evasión de impuestos muestra tratamientos dispares: en los casos más publicitados, solo opera la devolución del monto defraudado y los responsables deben participar en programas formativos de ética en la dirección de empresas.”

Peor aún, tanto militares como las fuerzas policiales han estado involucrados en sonados casos de malversación de recursos. Los militares por el robo del fondo reservado del cobre a través de la emisión de facturas falsas (en un caso que, desde 2015, se conoce como Milicogate), mientras que los carabineros cometieron fraude por más de 28 mil millones de pesos chilenos (más de 37 millones de dólares), según una investigación que recién ha finalizado este año y que es conocida como Pacogate.

La protesta en Chile comenzó con la insatisfacción ante una nueva alza de precios que afectaba desigualmente a los más pobres. Sin embargo, la represión policial provocó el estallido real o “despertar” chileno al confirmar de modo tangible (en forma de perdigones y gas lacrimógeno) la desigualdad estructural.

[Agradezco a Mauricio Troncoso por sus sugerencias para la redacción de este artículo]

BBC.COM


Escrito por

Rodrigo Yllaric

La Libertad, 1990. Humano polícromo. Doctorando en filosofía de la UAH (Chile) y la UniKöln (Alemania). Editor de filosofia-afilada.org


Publicado en

Color Humano

y en este todo-nada de espejos / ser de madera / y sentir en lo negro / hachazos de tiempo