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Fuente: el toro

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Mario Vargas Llosa y las corridas de toros

Publicado: 2020-03-06

Es una lástima para el Perú que a las muertes recientes de sus principales intelectuales se sume el desvarío de nuestro único premio Nobel. Porque de otra forma es difícil justificar su última apología de las corridas de toros en nombre de la libertad y la democracia.

Sus argumentos febles a favor de las corridas de toros no son algo nuevo. Desde antaño ha argüido que estas son un patrimonio cultural de la humanidad y, por lo tanto, se entiende, están más allá del bien y el mal. Para Vargas Llosa (MVLL), las corridas son “una forma de alimento espiritual y emotivo tan intenso y enriquecedor como un concierto de Beethoven, una comedia de Shakespeare o un poema de Vallejo”; aunque obvia mencionar que el único mamífero al que Vallejo mató con su poesía fue él mismo, y que los golpes propinados por Beethoven al piano no son comparables con estocadas a un ser vivo.

Sus argumentos al respecto no han cedido un centímetro en 10 años, aunque recurra a cambios de énfasis. En su última columna vincula la defensa de las corridas de toros con la democracia, acercándose más, finalmente, a la postura de los libertarios de pensamiento adolescente que a los principios del liberalismo:


"detrás de la prohibición de las corridas, hay algo mucho más grave y siniestro que aquella compasión por los animales que es el pretexto que utilizan los antitaurinos para combatir las corridas. Es la falta de respeto para no decir el desprecio por la libertad (…) el origen de todas las censuras que persiguen domesticar el pensamiento y la libre elección de los ciudadanos."

No podemos suponer que un hombre tan cultivado como MVLL comparta la idea ingenua de que toda prohibición es una restricción de la libertad de pensamiento y elección. Como seguidor de Adam Smith, ha de aceptar que ninguna sociedad es posible sin acuerdos o renuncias parciales a la libertad de sus componentes. Éste no es, por tanto, el centro de su argumento. Para MVLL, las corridas de toros cumplen con ciertas condiciones adicionales que convierten su prohibición en un “desprecio por la libertad”. En su última columna de opinión se entrevé que para él las corridas de toros no deben ser prohibidas porque

1) “Forman parte de las bellas artes”

2) Tienen una “remotísima tradición”

3) Han dejado “huella en todas las ramas de la cultura”

A excepción de que se asuma que la corrida de toros es un tipo de danza, MVLL nos debe una aclaración sobre la clasificación de “bellas artes” que utiliza. Pero esta objeción formal y esnob, sólo viene a cuento a raíz de la falacia utilizada por el escritor. Tomemos en cuenta, entonces, las dos condiciones siguientes: tradición o historia, e impacto o intermedialidad.

¿Son condiciones suficientes para la defensa y protección de una práctica que incluye el maltrato y la muerte de un mamífero, su carácter tradicional y su repetición admirada por aquellos que pertenecen, precisamente, a esa misma tradición? En su artículo de 2010, MVLL asegura que la inspiración que Lorca, Alberti, Goya o Picasso, entre otros, encontraron en las corridas habla a favor de éstas. Sin embargo, este es, a lo más, un argumento basado en la autoridad (“si Lorca lo aprobaba, nosotros también”). Y como es sabido, un recurso retórico de este tipo nos llevaría a aprobar, por ejemplo, otras prácticas despreciables de Picasso, como su machismo. Por otra parte, no tiene por qué sorprender que una práctica que es tradicional en un contexto (francés e hispánico) tenga ecos en otras expresiones dentro de la misma cultura. Por lo mismo, las condiciones 2 y 3 no son más que la misma idea repetida: si no fuera una práctica tradicional, la corrida de toros no estaría presente (en mención y admiración) en las otras artes de esa misma cultura, y viceversa.

Expuestas formalmente, ¿a alguien le queda duda de la arbitrariedad -por no decir ilegitimidad- de estas condiciones? La postura de MVLL no proviene de una mirada objetiva, liberal y demócrata. Todo lo contrario, es una defensa cerrada del relativismo cultural más obsceno. Su argumento circular, que lamentablemente ha sido usado recientemente por el Tribunal Constitucional peruano, es que la tradición debe conservarse por ser una tradición. Sin embargo, dada la evidencia respecto al largo sufrimiento del animal que “alimenta espiritualmente” a unos cuantos, lo que se pone en cuestión es justamente la legitimidad de esta práctica en el siglo 21. En otras palabras, cuando la pregunta es por qué debería mantenerse esta tradición, decir “porque es tradición” no es respuesta alguna, a pesar de toda la pericia literaria y apelaciones a la belleza que se utilicen.

La oleada contemporánea de defensores de animales no es accidental ni coyuntural. El momento histórico actual marca una división intergeneracional que será evidente recién en el futuro. Tiene sus fuentes en un aumento de la conciencia ambiental, en la mayor información disponible sobre la psicología de los seres vivos y en el cambio del paradigma antropocéntrico que nos ha llevado a la crisis ecológica actual. El sentir que guía esta defensa puede resumirse en una palabra: empatía. Es difícil ignorar la premisa de la que MVLL no quiere hablar: el toro sufre para la recreación de unos cuantos humanos que son capaces, según él, de "ver a cara descubierta aquella verdad que es inseparable de la condición humana: que la muerte ronda a la vida y termina siempre por derrotarla." Esta es una expresión sofista que intenta cubrir el sol con un dedo: aquella tradición depende del cultivo de la indiferencia humana ante la agonía de un pobre animal. Quienes cuestionamos la supervivencia actual de esta práctica cruel partimos de este hecho.

A raíz de este debate, nuevamente se evidencia que Mario Vargas Llosa le hace más daño que bien al liberalismo. De un tiempo a esta parte, es un conservador, tradicionalista y reaccionario, que oculta sus principios detrás de una carcasa liberal. Lo intuimos en su panegírico de Roger Scruton, en su censura dudosa del uso del velo en las escuelas públicas o en sus argumentos contra las cuotas de género en los encuentros que patrocina. Como muchos que se las dan de racionales mientras acusan a los demás de fanáticos (uno de los adjetivos favoritos de MVLL, usado por igual contra populistas, feministas, musulmanes o animalistas), Vargas Llosa es un relativista cultural cuando se trata de las costumbres de los hombres blancos, pero un objetivista moral cuando su mirada se vuelca hacia otras prácticas.


Escrito por

Rodrigo Yllaric

La Libertad, 1990. Humano polícromo. Doctorando en filosofía de la UAH (Chile) y la UniKöln (Alemania). Editor de filosofia-afilada.org


Publicado en

Color Humano

y en este todo-nada de espejos / ser de madera / y sentir en lo negro / hachazos de tiempo